
No sé si eran nervios, pero la mano derecha me temblaba un poco mientras iba buscando un lugar llamado “Casa Vieja” en el carro de mi papá. Siempre he sufrido cuando tengo que transportarme por mi cuenta, porque nunca he sido muy bueno para ubicarme en el espacio, de hecho soy pésimo, así que miré de nuevo el papelito que indicaba la dirección de forma incompleta: "Rivero y Gutiérrez pasando Morelos".
Las calles del centro estaban como casi todos los días a la una treinta de la mañana: muertas y solas, como un guerrillero caído. Llegar al lugar fue más fácil de lo que pensé, así que estacioné el auto y entré.
Era un café bar pequeño con mesas apretadas y almas tibias, una pecera grande e iluminada le da un toque de modernismo que contrasta con el decorado rústico que predomina. Buscaba a Oscar Zárate, no se veía por ningún lado y no sabía a quién preguntar por él, así que me quedé expectante en la entrada viendo a la gente en sus mesas cantando a todo pulmón la canción “Ojalá” de Silvio Rodríguez, hasta que uno de ellos se levantó de su silla para recibirme -el dueño- pensé, me saludó cordialmente y me invitó a entrar:
-pásale maestro, bienvenido-
Le dije que estaba buscando a Oscar Zárate, y él trató de recordarlo rápido en la marisma de la embriaguez. Le gritó a uno de los meseros que dónde estaba Oscar, el mesero señaló un cuartito que estaba en el fondo.
-Ahí está, en aquel cuarto, pásale viejo, esta es tu casa- me dijo el ebrio anónimo que me recibió.
Pasé por entre las mesas asfixiadas procurando no molestar a los comensales, partiendo en dos el muro de humo de cigarro, espesado a fuego lento con el calor de las copas y al ritmo de una canción de José José interpretada por el trovador del escenario. Entré al pequeño cuarto junto a la cocina que desprendía un aroma a café caliente y limones cortados, Oscar estaba sentado junto con otros amigos suyos, incluyendo a su guitarra, y me saludó con la alegría y confianza de un amigo de años. Lo saludé con la todavía trémula mano derecha, fría y húmeda como la piel de un vaso cubero, pero en cierta forma aliviado de ver que contaba con él para llevar una casi improvisada serenata a la mujer ajena y antes propia que más he amado en la vida: Soledad.
No podía llegar a la casa de Soledad así como así, porque había una fiesta en honor de su cumpleaños y seguramente estaría su novio, así que llamé a su hermana Irene para conocer la situación. Irene me dijo entre la niebla del sueño recién interrumpido que aún se escuchaba mucho relajo, así que por lo visto pintaba para largo. Le dije a Oscar que regresaría por él a las dos de la mañana, él accedió:
-al cabo ya me dieron mi cafecito- dijo mostrándome una taza de capuchino.
Fui en el auto rumbo a casa de Soledad, con miedo de ser descubierto y con un chorrito de hiel helada bajándome por la tráquea, pasé cerca y vi gente saliendo de un auto enfilándose a casa de Soledad, aceleré para no ser visto, pero di vuelta de inmediato para regresar por el lado contrario. Apagué las luces antes de detenerme y me estacioné lentamente junto a un baldío desde donde podía ver de lejos la casa de Soledad. No había movimiento, salvo el de las ramas de los árboles bailando el vals del viento tranquilo, y la incertidumbre se me hizo un vacío en la panza donde cabían el miedo, la ansiedad y unas gotitas de tristeza.
La luna dejaba caer su cabellera de luz sobre la oscuridad de una noche de melancolías despiertas, miré mi reloj que marcaba quince minutos antes de las dos de la mañana. Encendí el auto y regresé a la “Casa Vieja” para recoger a Oscar, aunque con la corazonada de que la espera habría de ser muy larga antes de poder llegar a casa de Soledad, él con su guitarra y su voz y yo con el corazón en mil pedazos. Llegué en menos de diez minutos y encontré la puerta principal entrecerrada. Al entrar vi que la bohemia seguía viva, con la sangre caliente del alcohol fluyendo a cada latido de la guitarra. Me dirigí directamente al cuarto junto a la cocina y vi a Oscar guardando unas fotografías en una computadora arrinconada junto a la puerta. Llamé a Irene apenado por interrumpir su sueño, le pregunté cuál era la situación en ese momento, ella me contestó con una voz cansada y áspera pero femenina que todo estaba prácticamente igual. Colgué no sólo el teléfono, sino mi ánimo y mi esperanza. Oscar y yo partimos rumbo a la casa de Soledad, me preguntó qué era exactamente lo que íbamos a hacer, yo le expliqué en medio de mi confusión mi plan recién nacido, haciendo énfasis en que yo era, a diferencia de hace unos meses, un pretendiente clandestino, así que lo que estábamos por hacer era prácticamente un acto de guerrilla.
Dimos varias vueltas en el auto en torno a su casa, en un afán de ver cuántos carros quedaban y calcular el tiempo que habríamos de esperar. El cuadro era prácticamente el mismo, los autos inmóviles aguardaban bajo el silencioso paso de las estrellas. Nos estacionamos junto al mismo baldío, sumergidos en un río de sombras profundas y sin perder de vista la casa de Soledad, esperando el más mínimo movimiento de la puerta principal. Llamé de nuevo a Irene más apenado aún porque ya eran las dos treinta de la mañana, ella me contestó con la voz difícil de quien vive el instante soporífero entre el sueño y la vigilia. –Todo sigue casi igual- me dijo, -pero no puedo ir a ver, además no quiero despertar a mi mamá - yo entendí, porque además era muy difícil unir a mi causa a la hermana de mi víctima (así de mal me deben ver para estas fechas en esa casa).
Oscar reclinó el asiento del auto para dormitar un poco, decidí que esperaríamos hasta las tres de la mañana, así que le di un poco de respiración boca a boca a mi moribunda esperanza. Para salir del trance de la espera pesada como el destino, encendí el carro para dar otra vuelta con tal de pasar cerca de su casa y ver más claramente la situación, me arriesgué a pasar esta vez frente a su casa, con el miedo nervioso que no me había abandonado ni por minuto, en contraste con Oscar que me decía –oye está cómodo tu carrito, ¿no me lo cambias por mi cama?
La gente salía poco a poco de la casa de Soledad, las calles eran ríos de silencios fríos y lentos. Uno a uno los autos se alejaban, el carro del novio de Soledad era uno de los dos que quedaban. Hasta que salió alguien más a abordar el otro carro, lo encendió y se alejó dando giros inconstantes de ebriedad moderada.
Molesté por última vez a Irene aniquilando también segundo a segundo el resto del crédito de mi celular, me dijo que obviamente ya no se oía relajo, pero que sí se escuchaba gente aún, guardamos silencio un breve instante, yo por ver que mi idea se ahogaba en el remolino de las circunstancias, ella seguramente por dormir despierta, hasta que vulneró de nuevo el silencio:
-¿qué vas a hacer?- me preguntó
Vi evaporarse las últimas gotas de esperanza al mismo tiempo que le contestaba
-mejor lo olvidamos-
Ya eran las tres de la mañana, a Oscar lo único que le faltaba era roncar y mis párpados ya estaban pesados y mis ojos confusos. Todo el nerviosismo y todo el miedo se habían convertido ya en un mar profundo de resignación, pensé que ya no tenía caso esperar, era demasiado tarde en tanto aspectos, así que encendí el auto con la mano derecha ya sin temblor, empujé el acelerador con mi pie adormecido, sumergido en un halo de frío, y me fui con el manto pesado de la derrota cayendo en mi espalda y en las cuerdas afinadas de una guitarra sepultada en la cajuela.

1 comentario:
Bienvenido a eso de la bloggeada. Y si mal no recuerdo ese relato lo utilizaste para alguna tarea lejana en el tiempo, en el principio de la carrera, la cosa es que yo ya lo conocía... jeje no es reproche ni nada por el estilo, es nada más para decirte que lo recuerdo. Saludos.
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