
Iba a escribir algo sobre lo ridículo que resulta el uso de 'eufemismos', pero cuando trataba de documentarme al respecto, me encontré un artículo que dice casi, casi, lo que yo quería expresar, sobre todo lo referente a las "personas con capacidades diferentes". Así que para no aparentar un plagio, mejor les comparto la columna que me encontré.
La escribió Rolando Villafuerte Aguilar, chiapaneco. Se titula "Eufemismos, para disfrazar la realidad". Y lo más triste, la escribió en el 2004.
El eufemismo es el lenguaje de los hipócritas. En vez
de llamarle al pan, pan y al vino, vino; en vez de
hablar con claridad y precisión, hoy impera, entre
ellos. la moda del circunloquio y de la perífrasis.
Tiempos anacrónicos, son, hoy, hoy, hoy, los de
exigir, en materia de lenguaje, cuentas claras y
chocolate espeso. Ahora, con el propósito de no
lastimar a nadie, ni con el pétalo de una rosa, se
utilizan palabras que, en verdad, no descalabran
ninguna susceptibilidad, pero que disfrazan
convenientemente nuestra realidad. En la consecución
de ese propósito lo esencial es darle vueltas al
asunto y tapar la verdad bajo el velo de palabras
romas, chatas, inexactas. Se pierde precisión; pero se
evitan palabras de mal gusto, inoportunas o
malsonantes. Se habla, o se escribe, con corrección
política; pero se extravía fidelidad. La costumbre de
adulterar idiomáticamente nuestra realidad, es
reciente. Se remonta a la década de los setenta, del
siglo próximo pasado. A los Estados Unidos corresponde
la paternidad del maquillaje verbal, recién utilizado.
A la sazón, allá, comenzó la costumbre de abogar por
una actitud tolerante y respetuosa hacia los
integrantes de las llamadas minorías, fundamentalmente
de negros y de homosexuales. En el afán de no
ofenderlos, los nombres para designarlos se
rebautizaron. Así, los primeros, de negros pasaron a
ser denominados hombres de color. Los segundos se
nombraron gays. El sentir de los receptores de tales
denominaciones no importó. Si un negro, orgulloso de
su raza, se atrevía a alegar: “Soy negro”, la
respuesta de sus anónimos defensores lo dejaba
atónito: eras, ahora eres “hombre de color”. “Soy
maricón con acento en la o”, se atrevía a vociferar un
reconocido mampo. Eras; “ahora eres gay”, le
respondían sus gratuitos defensores. Pronto, los
gordos pasaron a ser “personas de imagen corporal
alternativa” y calvo se convirtió en “persona con
síndrome alopécico, crónico y degenerativo”. Los
ciegos se transformaron en invidentes; en seguida, en
"personas con capacidad visual reducida” y,
posteriormente, en “seres humanos con dificultades
para ver la luz del sol”. Ciego, según el diccionario,
es el privado de la vista. ¿Por qué no llamarlo así?
¿En donde está el insulto o la discriminación? Quien
no oye bien es sordo y así debe llamarse; sin embargo,
para que su identificación no resulte peyorativa habrá
que denominarle “persona con problemas auditivos”.
Prohibido referirse a los limosneros o mendigos en
esos términos. Son “ciudadanos extracomunitarios”. Si
quienes mendigan son niños, hay que identificarlos
como “niños de la calle” o “menores en circunstancias
extraordinarias”. Pobres, son las “personas de clases
desfavorecidas”. Cojo, manco, bizco, mongólico, son
“gente con capacidades diferentes”, como si fueran
capaces de volar al igual que Superman o de expeler
tela de araña como Spiderman. Para no herir
susceptibilidades debemos acostumbrarnos a llamar las
cosas por su nuevo nombre: “pequeños”, a los enanos;
“indígenas” o “americanos nativos”, a los indios;
“adultos en plenitud”, a los viejos y viejas. ¿En
plenitud de qué? No puede ser en plenitud física,
evidentemente. Tal vez debe ser en plenitud de
achaques. Llamarles viejos no tiene nada de malo.
Viejo es la persona de mucha edad que está en los
últimos años de su vida, que alguna vez tendrá que
morir por haber nacido antes que otros que ahora son
maduros o jóvenes o adolescentes o niños. Imagínese a
Piero, interpretar la canción “Mi adulto en plenitud”:
“Es un buen tipo mi adulto en plenitud, que anda solo
y esperando, tiene la tristeza larga, de tanto venir
andando. Yo lo miro desde lejos, pero somos tan
distintos, es que creció con el siglo, con tranvía y
vino tinto”. El término “adultos en plenitud”, antes
fue tercera edad, y mucho antes, senectud. De lo
anterior se sigue que, hablar con eufemismos, es
disfrazar la realidad, disimularla. Para Fox, los
ambulantes, vendedores de toda clase de baratijas, son
“microempresarios”. Algunas bandas terroristas se
hacen llamar “ejércitos de liberación”. Las cárceles
han mutado en “centros de readaptación social”.
“Plumas taxi”, se dice de algunos columnistas, por
aquello de que son de alquiler, sin ruta fija. “Hacer
el amor” o “echar pasión” significan fornicar. Si
siguen así las cosas, los padres de familia del futuro
platicarán a sus hijos el cuento de “Blanca Nieves y
los Siete discapacitados”, y los profesores de
literatura se referirán a Cervantes no como al Manco
de Lepanto, sino como al escritor con capacidades
diferentes, autor del Ingenioso Hidalgo Don Quijote De
La Mancha. Para no denostar a la sirvientas habrá que
llamarlas “asesoras del hogar”. El colmo llegará
cuando a los panteones, en vez de muertos, arriben
“personas metabolicamente diferentes”.

1 comentario:
Muy bueno el trabajo, y muy simpáticos muchos de los ejemplos. Creo el empleo de un eufemismo tiene mucho que ver con el contexto en que se produce la expresión. No en todos los ambientes es válido llamar todas las cosas por su nombre...
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