
Una y otra vez he visto a la gente doblarse como un lánguido espárrago hervido ante el amargo conformismo. Nos tienen justo donde nos quieren. En todo momento y a todas horas los medios de comunicación masiva nos están dictando las bases del cómo debemos ser y del cómo debemos actuar. Lo que debe gustarnos si queremos ser cool y lo que debemos evitar a toda costa para evitar ser calificados como ‘ñoños’. No sé cómo lo hacen, pero lo logran. Hay gente que asegura no poder vivir sin ir un fin de semana al antro, o sin su celular y sin su Messenger. Pero llama la atención el caso del antro en específico, el cual se tiene como algo divertidísimo.
OK, contextualicemos: llegas a las puertas del antro de moda, si es en época de feria mucho mejor, no hay filas, sólo tumultos agolpándose en la entrada. En la puerta de la entrada hay un tipo o varios que deciden quién entra y quién no. Todos los que esperan están dispuestos a tal humillación con tal de que en algún momento el gorila de la entrada decida quitar la cadena y darles el pase a ese mundo mágico de sueños e ilusiones. Una vez adentro no puede haber lugar que sea más estimulante intelectualmente hablando: música que roza en el límite de decibeles permitidos por el oído humano, bebidas alcohólicas dispuestas a aniquilar cuantas neuronas sea posible, humo de cigarro concentrándose en los pulmones privando de sangre al cerebro, pláticas a gritos con el estribillo: “qué onda weeeyyy” para los saludos (esto aplica incluso para los que se dicen ‘rockeros’ o ‘rockeras’).
Sé lo que muchos habrán pensado ya, que los antros son para ir a divertirse y no para estimular el intelecto, que para eso están la escuela o la biblioteca. Y estoy de acuerdo, pero a eso hay que añadir que durante la mitad de la semana el cerebro está en un proceso de rememorar lo vivido el viernes y sábado y tratar de recuperar sus niveles normales de agua y sangre devastados por el alcohol, y la otra mitad de la semana se va en maldecir a la escuela deseando que sea viernes cuanto antes. Pero volviendo al antro, sin duda debe ser uno de esos que exhiben desde la entrada un letrero de: “mujeres no cover”. Esta es una de las mejores armas publicitarias que he visto en mi vida, además de la famosa “barra libre”. Mujeres gratis significa mujeres por montón, mujeres por montón significa hombres económicamente activos deseosos de conocer mujeres. Estos a su vez tendrán que pagar el famoso cover que por lo general equivale a dos personas, y que en temporada abrileña es elevado a niveles de verdadero crimen.
El tipo tendrá que invitarle un copita a alguna de las nada interesadas chavas para poder sacarle plática, la muchacha desde luego nada pendeja aceptará acaso con un gestillo de “OK la acepto pero no cantes victoria”. El calenturiento mancebo tendrá que invertir en un par de tragos más para lograr la simpatía de la chica, pero si la muchacha se pone medio rejega tendrá que de plano impresionarla y verse muy espléndido hasta que, o la jovenzuela se emborrache o el joven gaste lo de su taxi de regreso con tal de complacer a su pretendida (o ambas cosas). Este caso puede ser multiplicado varias veces por el número de chavos que intentan hacer lo mismo con un bajísimo porcentaje de éxito, traducción: el muchacho vacia sus bolsillos y no obtiene a cambio ni un fajecín ni un teléfono, e-mail y a veces ni siquiera el nombre real de la chavita en cuestión.
Por el contrario, la muchacha llegará temprano a su casa (las cinco de la mañana es demasiado temprano) es decir, varias horas más tarde de lo que le permitieron sus padres, masticando un chicle con la idea de que eso hará menos evidente su rampante estado de ebriedad (como si no fuera suficiente verla llegar hinchada, tambaleándose al caminar y escuchar sus lamentables vómitos minutos después de su llegada) emanando tufo alcohólico por los poros y buscando en medio de su borrosa y oscilante casa alguien que pudiera descubrirla (generalmente su madre).
Y ante esta realidad me pregunto si en verdad es divertido entregarse al sin sentido. Tal vez todo lo anterior no sea más que una trampa tendida en la cual caemos redonditos y sin queja.
Eso claro, sin mencionar a las múltiples tribus de cholos que se enajenan (sí, más de lo normal y sí, es posible) encargándose de llevar a las hermosas, delicadas y femeninas cholas a 'lo oscurito', llenando la faz de este planeta de productivísimos cholos, que para nada están de sobra, que no contaminan nuestras calles, que no son una verdadera amenaza, que no estropean la raza y que seguramente no conocen el significado de la palabra 'sarcasmo'.
Gracias al gobierno panista y, desde luego, a nuestro flamante gober, la Feria Nacional de San Marcos del merito Aguascalientes dura ya un mes entero, primero con la promesa de la ausencia de alcohol en su última semana (¡ja!) y después con los ríos del mismo a lo largo de las cuatro semanas. Cientos de historias como las mencionadas se repetieron a lo largo de un mes, ya veremos cuántas sorpresitas llegan en enero...






